Para mí, existen distintos grados de recuperación después de la ingesta alcohólica masiva. Aún cuando los efectos grupales del beber son un tema complejo y digno de ser tocado aparte, me gustaría comentar sobre los efectos individuales, dividiendo los estados de post-alcoholización en escala ascendente respecto a la borrachera extrema:

Grado 0: No estoy

Grado 1: Estoy, estoy tirado, me siento mal ... ¿donde estoy?

Grado 2: Estoy sentado, aquí, ahora. No me puedo parar.

Grado 3: Sigo sentado, pero ahora es porque quiero estar sentado ... además, creo que sé donde estoy.

Grado 4: Estoy parado. Ya sé donde estoy. Si quisiera, caminaría. Pero no quiero caminar

Grado 5: ¡mírenme! ... estoy bien... puedo caminar .... ¡plaf! .... me caí.

Grado 6: Estoy caminando. El mundo da vueltas a mi alrededor, pero no lo pesco.

Grado 7: Estoy bien. Y soy choro. ¿Qué micro me sirve para mi casa?

El otro día, soñe que me encontraba conmigo a la vuelta de una esquina, pero no me sorprendía, sino que me iba conmigo conversando un buen rato.



El otro yo era igual a mí, pero era como distinto, como más cuático.



- ¿Cúatico? -me preguntó cuando le dije- ¿Qué es eso?



- Cuático es ... cuático, poh.



Escuchado al pasar en el Taller de Humor, Creatividad y Locura

En los pinball (más conocidos como "flippers") dispones de dos botones para mover unas paletas y golpear una bolita de acero hacia adelante, con el objeto de hacer puntos. Puedes mover la mesa de juego si lo deseas en ciertos momentos, claro que si lo haces muy seguido o con demasiada fuerza corres el riesgo de incurrir en una falta denominada "TILT" cuya penalización es que por un rato los botones dejan de funcionar.

Me da rabia a veces ver consciencias tan dormidas, tan sumidas en un mundo funcional y absurdo, sin sentido, esas personas que te dan ganas de tomar por los hombros y gritarles la vida a la cara.

¿Y qué pasa? Lo normal es que se me pase la mano y hacer "tilt" con ellos, al cabo de un rato dejan de poner atención.

Lo mismo les pasa a los papás que retan a sus hijos, pero el asunto es peor en la vida real que en el pinball porque la gente tiene memoria y con el tiempo va incrementando su sensibilidad con algunas personas, hasta el extremo de que apenas les hablas hacen "tilt", o empiezan la conversación en ese estado.

Aún siendo nuestro hermoso país poco más que un pedazo de tierra tirado en el fin del mundo, no ha dejado de estar afecto a las diversas influencias por parte de culturas de los cinco continentes; es así como se han impregnado nuestros festejos con costumbres y usanzas fácilmente identificables al ojo avizor, y tenemos los siguientes tipos de fiesta o "carrete":

El carrete islámico: los hombres por un lado y las mujeres por otro, también se le conoce como el club de Tobi o el club de Lulú..

El carrete a la romana: tomas y comes opíparamente hasta que no das más, incluso vomitas, pero después sigues tomando.

El carrete a la inglesa: todos llegan a las 21.00 en punto y se van a medianoche, la decencia misma.

El carrete jamaicano: en el otro extremo, este es el carrete surrealista por antonomasia, con sicodelia y distorsión.

El carrete argentino: ese que se anuncia con pompa y antelación, se imprimen invitaciones, se hace toda una parafernalia y resulta ser ahí no más.

El carrete chileno: es el carrete que empieza mal, empeora con el tiempo y se va rápido y derechito al abismo.

El carrete gitano: ese donde tienes tres o cuatro fiestas en la misma noche y pasas de visita a cada uno, típicamente termina en la decadencia misma, en la casa de alguno de los implicados tomando o tocando guitarra.

Hace frío aca arriba; desde esta azotea es otro el Santiago del centro, uno más pobre, menos glamoroso, sin sus semáforos plateados espaciales y sus vitrinas chillonas. Es un Santiago hecho de techumbres oxidadas, máquinas de lavar ventanas, y cientos de pequeños dedos chicos tirando un humo leve. Y viento, mucho viento. Y algunas cúpulas buscando a Dios.

Después de un rato de mirar alrededor, instintivamente empiezo a buscar el suelo. Lo encuentro perdido allá abajo entre dos edificios, debajo de las hormigas.

El suelo sube al mirarlo, está ahí tan cerca como un peldaño alto. El espacio que nos separa es ínfimo; la caída, de pie o con las manos, perfecta. El reto, insostenible.

Una mitad de mí se acerca a la orilla aún más, y se da vuelta para reirse en mi cara, mira el techo del edificio de enfrente, 10 pisos más bajo y con un ancho paseo peatonal de por medio, retrocede unos pasos, corre a toda velocidad y salta.

Esa mitad de mí, que también soy yo mismo, disfruta por un momento de la excitación, de la incertidumbre, saltó con todas sus fuerzas y cree lograrlo. Al cabo de unos segundos de caída comienza la desesperación, el qué estoy haciendo; ya no caigo derecho sino de lado, con los pies hacia arriba; no puedo ni siquiera voltearme a ver el suelo, sino sólo diviso la azotea cada vez más lejos. Me oigo gritar un breve instante, luego, nada.

Sobresaltado doy un paso atrás y me sujeto de una saliente en la pared, como loco camino paso a paso hacia la escalera; el viento es más fuerte porque viene cargado de pena, de planitud, de abulia, de promesas de algo distinto. Son tantas las ganas de tirarme que me vuelvo a acercar a la baranda.

"Libertad" ... "Qué fin tan absurdo" ... "Qué vida tan absurda". Me cuesta un montón rearmarme, volver a la escalera y bajar. Me cuesta más porque tengo pena y envidia. Tal vez esa mitad de mí que se atrevió es en su propio universo, más feliz.

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