Sentado en el piso, todo lo que me rodea está pintado en un globo burbuja alrededor mío, las paredes de la pieza, con su color, sus cuadros y accidentes, la cama y tú, adheridos a una superficie esférica, un globo inmóvil con sutiles corrientes que cambian el paisaje que lleva grabado muy lentamente, que me envuelve aquí dentro, con el silencio sólo interrumpido por un alud de ideas, sobre la creación, sobre el universo, sobre las ilusiones y los sueños ... sobre el que era antes y el que soy ahora, sobre las mentiras, sobre la pena, pero sobre todo, y ahora que el presente ha detenido su carrera, sobre el futuro.

De improviso, tú hablas y revientas el globo, porque tu movilidad, el sonido de tu voz contrasta con su quietud, porque mi mente es incapaz de sostener la ilusión si tú no te quedas quieta ... "¿te sientes bien?", me preguntas y la respuesta aflora a la superficie como aire atrapado en un océano espeso de óleo y almizcle ... "sí, estoy bien", y nuevamente creo la burbuja a mi alrededor y te atrapo en una nueva posición, pero insistes, hieres, y algo se desmorona dentro de mi alma al darme cuenta que aquél instante único de soledad y comunión con un universo propio, finito, se ha roto y no volverá ... "¿estás seguro de que te sientes bien? ... ¿quieres algo?" ... un silencio de largo indefinido, que en mi burbuja-universo es una eternidad ... "sí, claro que estoy bien ... sólo quiero estar en silencio, por un minuto"

Después de tantos años, finalmente conozco lo que es ... ser viejón, highlander, inmortal y más aún ... alumno memorista.

A menos de un mes de terminar la memoria, la dura realidad es que:

No me quiero ir ...

No quiero dejar de carretear en la U, de hacer boletines, de conversar con los mismo amigos.No quiero ser viejo y estar contento porque el viernes nos toca en la empresa vestirnos informales, es decir, sin corbata. Siempre he trabajado, pero nunca he dependido de un trabajo. No quiero dejar de ir a clases, sobre todo ahora que se puso más entretenido. No me quiero ir.

... pero no me puedo quedar

Puedo estar perfectamente media hora parado en la terraza sin ver a nadie de mis amigos y quince minutos sin ver siquiera una cara familiar. Varios de quienes entraron conmigo se han ido ya. No tengo más ramos que hacer ni me gustaría iniciar una carrera académica por ahora. También quiero trabajar, iniciar proyectos nuevos y tener un espacio propio. No me puedo quedar.

Ser viejón tiene sus ventajas también y, aunque sea feo, produce una tremenda satisfacción ver a todo el resto corriendo cuando hay pruebas, o tareas, o exámenes, etc, puedo ir a cualquier actividad de la facultad y hablar sin miedo, reírme fuerte y ser escuchado, tengo historias que contar y me respetan. Pero la nostalgia se está poniendo fuerte.

Vivo en dos mundos. El primero donde paso la mayor parte del tiempo,es éste en el que te escribo, un plano de la existencia que tiene sus normas, leyes físicas, personas y objetos, todo formando un conjunto que a fin de cuentas es coherente y sólido, a pesar de las contradicciones que tenga en la superficie.

El segundo mundo no puedo describirlo en palabras de este mundo, porque es completamente diferente. Sin embargo, tengo algunas sensaciones relacionadas con él, que se transforman y reelaboran en la interfaz de regreso. Como por ejemplo, la idea de que es un mundo más líquido y etéreo que éste.

No controlo mis viajes allá. A veces, simplemente me voy, todo se apaga y viajo, al parecer, una distancia infinita. Allá pienso, elaboro ideas e imágenes, y no me cuesta ningún esfuezo moverme en ese entorno tan disímil. También sé que tengo mi propio conjunto de recuerdos encadenados hacia atrás. incluyendo invenciones, conjeturas y razonamientos que parecen no tener sentido en este mundo.

Cuando estoy allá y alguien le habla a el yo de acá, vuelvo bruscamente. En ese instante, experimento dos sensaciones casi inmediatas: primero siento la sombra, la estela de una gran felicidad y contemplación, luego, siento un vacío adentro, como si me hubieran quitado una parte de mí, porque no puedo recordar lo que pienso cuando estoy en el segundo mundo, o más bien puedo recordarlo, pero en este mundo no tiene suficiente sentido ni siquiera como para articular una mínima frase.

Si alguna vez logro que se toquen ambos planos, aunque sea por un momento, trataré de trasladar las ideas que se me ocurren allá, aunque sea burdamente, a este mundo.Y ese día va a ser muy importante.

La casa se ve tan chiquita ahora, tan sola y es para siempre, sus paredes limpias con muchos clavitos y manchas claras de madera blanca de suciedad y oscuridad. Las ventanas marcadas por cientos de autoadhesivos, mi pieza sin cama, como ya no están las camas es definitivo, nos vamos, se acabo, mis amigos no los voy a volver a ver, mi profe mi escuela.

Dice mi papá que Concepción es bonito, que llueve mucho y tengo que abrigarme. Pero no me quiero ir. Por dentro el niño chico hace una rabieta ciega, el niño grande regula, apacigua, calma, confía en que este pueblo chico no es para mí si soy alguien grande, especial. El niño grande que soy yo mismo miro alrededor, sonrío con frialdad, con distancia; visito cada pieza, una última vez, cierro ventanas y la puerta de cada una, voy a la cocina tomo un último trago del agua de Rengo y me voy hacia el auto de mi papá, callado, con una sonrisa, desolado por dentro y evitando con todas mis fuerzas mirar hacia atrás, pero no puedo evitarlo, lo hago y me quedo quieto, corro hacia la casa, toco la pared con una mano, cierro los ojos, respiro y soy grande de nuevo, esta vez puedo hacerlo, no vuelvo la vista atrás, me subo al auto - ya, vámonos, papá.

Estándo en olimpíadas matemáticas en Chile, compitiendo, además de por honor, por un supercomputador (para la época, en 1994), me sentí muy frustrado por haber obtenido una
medalla de bronce, más que por mis capacidades como jóven martemático aficionado, porque había soñado con tener un computador en mi casa y había jugueteado
imaginariamente con este equipo.

La medalla de bronce me abió las puertas para conseguir entrar a concursar a la iberoamericana de matemáticas en Brasil, donde obtuve nuevamente medalla de bronce y conocí a
un grupo de personas maravillosas en que los nerd estándar eran los menos.

Al despedirnos, nos dimos los teléfonos, e-mail, y dirección para contactarnos después, y el concursante de Cuba me pidió mis datos, procediendo a anotarlos en una pequeña
libreta empastada con hojas de roneo, que -y eso me llamó la atención- tenía grabado en la cubierta el sello del gobierno de Cuba.

  • Y esa libreta? -le pregunté yo.
  • Es mi premio, por haber ganado la medalla de oro en la competencia de matemáticas en mi país, me contesto, sin humildad fingida ni afectación alguna en la voz.

Está de más decir que me sentí miserable ....

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