Sentado en el piso, todo lo que me rodea está pintado en un globo burbuja alrededor mío, las paredes de la pieza, con su color, sus cuadros y accidentes, la cama y tú, adheridos a una superficie esférica, un globo inmóvil con sutiles corrientes que cambian el paisaje que lleva grabado muy lentamente, que me envuelve aquí dentro, con el silencio sólo interrumpido por un alud de ideas, sobre la creación, sobre el universo, sobre las ilusiones y los sueños ... sobre el que era antes y el que soy ahora, sobre las mentiras, sobre la pena, pero sobre todo, y ahora que el presente ha detenido su carrera, sobre el futuro.

De improviso, tú hablas y revientas el globo, porque tu movilidad, el sonido de tu voz contrasta con su quietud, porque mi mente es incapaz de sostener la ilusión si tú no te quedas quieta ... "¿te sientes bien?", me preguntas y la respuesta aflora a la superficie como aire atrapado en un océano espeso de óleo y almizcle ... "sí, estoy bien", y nuevamente creo la burbuja a mi alrededor y te atrapo en una nueva posición, pero insistes, hieres, y algo se desmorona dentro de mi alma al darme cuenta que aquél instante único de soledad y comunión con un universo propio, finito, se ha roto y no volverá ... "¿estás seguro de que te sientes bien? ... ¿quieres algo?" ... un silencio de largo indefinido, que en mi burbuja-universo es una eternidad ... "sí, claro que estoy bien ... sólo quiero estar en silencio, por un minuto"

¿Y para qué? me he preguntado, por todo. Para qué el tiempo, para qué el esfuerzo. Para qué todo. Las sonrisas fingidas, las mañanas rápidas, las tardes abúlicas. Las noches largas. Los sueños compartidos. Las sábanas empapadas, sucias.

Insulzo cielo azul. Insulzos besos. Pop-corn, cine, teatro. Música, regalos. Regalos de cumple mes ... ¡¿y ahora que mierda le regalo?! Tiempo perdido, amigos lejanos, encuentros fugaces que no concluyen, un aborto de flirteo, una mirada que queda en nada, en una mirada gacha, mirando el vaso, mirándola a ella. Otra vez. Otra vez.

Para qué un te quiero, para qué un te amo. Para qué el tiempo, para qué el esfuerzo. Para qué todo. Todos mis amigos solteros, carreteando, yo feliz, una sonrisa en los labios, a veces. Ahora todos los imbéciles pololeando, sus mujeres calladas en las fiestas, en las reuniones, un adorno, alguien que te mira sonriéndo por costumbre. Ahora yo el imbécil solo (mi perro no me ladra, nunca lo hizo el muy imbécil tampoco), los miro, me siento mal, me da vergüenza tenerle celos a mis amigos. Ojalá la pasen bien, los muy huevones, mientras le dure.

Me decido a ser feliz. Me reviento carreteando. La resaca me molesta, me miro al espejo. Espero no volver a verla. Linda mi felicidad. Imbécil.

Miro mi carta a las parejas jóvenes. Que chucha hago con ella ahora, que chucha hago con todos los consejos, siutiquerías bellas, buenos deseos, etc. que chucha hago si como pareja soy un fracaso. Me repongo. Me recompongo. Antidepresivos. Somníferos. Estimulantes. Tabaco. Okey, algo tengo que hacer con ellos. Antidepresivos. Estimulantes. Tabaco. No está mal escribir la carta. Más antidepresivos. Más tabaco. La publico, y punto y que tanto, si a fin de cuentas no se trata de dar consejos, sino de contar mi rollo. Más tabaco. Esta linda la huevá, después de todo.

Sigo dolido. Espero. Duermo. Duele. Fantaseo con el regreso. Fantaseo con eso. Me lo imagino. Tampoco me gusta, lo peor es que tampoco me gusta. Ni sueños bonitos tengo. Que mierda me queda sino el odio. Y el tiempo. Y regalitos. Cartitas. Al horno con ellas. Cenizas. ¿Y ahora? El recuerdo. Más tabaco. ¿Cómo se hace para borrar un recuerdo?

Pero, amigos, he tenido una gran experiencia, he aprendido algo de la vida, he tenido tardes incansables, conversaciones profundas, regalos importantes, salidas únicas, atardeceres románticos, noches tumultuosas, amaneceres brillantes, ocasiones increíbles, reflexiones prolongadas.

¿Y para qué? ... ¿Y para qué? ....

Jenny Di saluda a su audiencia con una grácil reverencia después de su último tema, y junto con invitarlos a la próxima fiesta, comienza a despedirse, llamando a los demás participantes del show a subir al escenario para presentarlos.

El público ruge ... "que siga el hueveo ....", J.D. los conoce, sabe que si no canta no hay caso de que vayan a aplaudir a los demás ... además, no quiere bajar del escenario, le gusta estar ahí, las luces, la gente, que la miren. Se hace de rogar un poco, amenaza tiernamente, cede de a poco, muy de a poco.

  • Esta canción -comienza Jenny Di- representa mucho para mí, y se la quiero dedicar especialmente a nuestros amigos y amigas aquí presentes que no son de este ... ambiente.

Aplausos. Oscuridad. Pose. Foco.

Comienza la música, ella baila, se contonea, mueve su cabellera tipo Pamela Anderson chilensis, canta. "Soy como soy", suena el tema. La gente está contenta, la escucha, baila, sigue la letra. La conoce. Un breve himno al acariciar espejos, un grito de soledad dentro de la compañía fugaz, una canción al reencuentro. Ella se da vuelta, comienza a retirarse el vestido, sólo la parte de arriba. "Si tengo una sóla vida por vivir, porque no puedo vivirla a mi manera" canta mientras enfrenta al público con el pecho desnudo, liso, lampiño, sólo las marcas de la brillantina y una cruz de lentejuelas.

"Este soy yo, sólo busco tú aprobación" vuelta, baile, aplausos, la escena final. Tira hacia atrás de su cabello, casi en un arrebato cómico, histriónico, sonríe, el cabello corto, liso, peinado. El pelo corto, la cara pintada, el torso desnudo, las uñas largas y cuidadas, "y nada más", no puedo evitar pensar en Freddy Mercury, de más que Eduardo estaría contento con la comparación, "soy ... como .... soy".

El público enloquece.

Publicado en Boletines SEI Inc, Junio 1999.

Todo esto parte de lo siguiente: los micreros están vueltos locos con tanto asalto, y demandan mayor protección ... y a mí ... ¿quién me protege de ellos? y quién me defiende de:

  • Los cantores de micros que tocan rancheras en mi oreja mientras escucho la Radioactiva en el personal.
  • Las viejas c. que me hacen esperar en el banco pa´ decirme que esa fila no era.
  • Las minas que me hacen un desprecio gratuito y una mirada de desdén cuando no estoy ni ahí con ellas y ni siquiera las estaba mirando con lujuria.
  • Los sacos de huea que se dan la paja de disminuir la velocidad y sacar la cabeza del auto pa' gritarme "ridículo!" que se han creído los muy imbéciles, yo no les he hecho nada malo.
  • La peluquera que me dice - mijito, se va a echar a perder el pelo con tanta tintura, mire, échese un yoghurt de frutilla con una clara de huevo y déjeselo pr 30 minutos. ¡métase su yoghurt de frutilla por la raja!
  • Los imbéciles que se ponen de acuerdo para que entre 1300 y 1500 horas si estoy con ganas de tirarme en la cama a ver tele tiene que ser una teleserie, del país que sea, pero llorona, insulza, rosa, torpe, intelectualmente nula y artísticamente una mierda.
  • Los políticos rasca, botarates, mal hablados, mentirosos, corruptos y chanta

Y por último quién me defiende de mi mismo, tan reclamón y odioso.

Tras un año de una relación turbulenta, sicótica, amarga, voraz, siendo un gusano eterno, reptil que arrastra la guata exigiendo cariño inútil; me decido finalmente a dar un fin violento a todo, y nada me puede hacer cambiar de opinión.

Vuelvo a su casa un día cualquiera, a buscar mis cosas. La carne es débil, y en el instante supremo, aquel en que la consciencia estalla en un millón de estrellas yo me dejo caer mirando hacia otro lado, arrepentido, dolido. Adiós.

Un mes más tarde, la sorpresa inesperada, el temor que se va haciendo real con el transcurso de los médicos y los exámenes. Y ahora que hago. Me decido a intentarlo, me cuento el cuento de que se puede separar, que una cosa es ser padres y otra estar juntos. 17 años tenía. Y muchos más miedos. Y nada en los bolsillos ni en la cabeza. 17 años y poco sentido común. La situación fue demasiado para mí. O yo demasiado poco.

Cuando mi niño nació, no estuve allí. Huí. Cuando cumplió un año, dos, tres, tampoco. Crecí con el miedo a una demanda y el arrepentimiento, y la vergüenza-orgullo de ser papá y no serlo. Pasaron muchas personas que pasaron con mi lado mirando con desprecio y reflejando mi propio arrepentimiento. Y no me dejaron nada. Todo lo que me decían no me decía nada. Pasaron pocas personas que se sentaron a hablar conmigo, sin afán moralista. Y me dejaron mucho.

No sé si antes estuve preparado. Me encontré con ella, la mamá de mi hijo, más grande, sobre un puente alto y blanco. Conversamos. Me mostró fotos. Me regaló la cinta que le ponen a los niños en la muñeca cuando nacen. Le dije que quería ver a mi hijo. Me dijo que no sabía si él me aceptaría.

Él me aceptó. Lo veo desde hace 8 meses. Trato de resarcir el tiempo perdido. Me siento culpable. Trato de que no se me note. Pienso que todo hubiera sido distinto si ... sí .... si nada. Soy el que soy ahora. Antes era otro. En ese momento, pensé que estaba bien lo que hacía; no tenía muchas opciones en la mente.

Mi hijo es mi hijo. Sabe que soy su padre. Su papá Carlos, porque su otro papá (su abuelo) también está presente. Le enseño a respetarnos a ambos. Lo quiero y lo amo, y el me quiere y me ama. Jugamos; me gusta ser jóven y poder subirme con él a los juegos, revolcarme en el pasto y correr sin cansarme, inventar juegos del aire, la brisa, las hojas y piedras, cantar melodías propias, entonadas en voz baja en murmullos de alegría y cariño.

El mundo no se derrumba con un hijo. Sí se reconstruye. La vida no termina. Sí se reconceptualiza. Ser padres del mismo hijo no significa ser pareja. Sí tener que verse harto. Asumir una paternidad no es imposible. Sí es difícil.

Pero es muy hermoso.

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