Después de tantos años, finalmente conozco lo que es ... ser viejón, highlander, inmortal y más aún ... alumno memorista.

A menos de un mes de terminar la memoria, la dura realidad es que:

No me quiero ir ...

No quiero dejar de carretear en la U, de hacer boletines, de conversar con los mismo amigos.No quiero ser viejo y estar contento porque el viernes nos toca en la empresa vestirnos informales, es decir, sin corbata. Siempre he trabajado, pero nunca he dependido de un trabajo. No quiero dejar de ir a clases, sobre todo ahora que se puso más entretenido. No me quiero ir.

... pero no me puedo quedar

Puedo estar perfectamente media hora parado en la terraza sin ver a nadie de mis amigos y quince minutos sin ver siquiera una cara familiar. Varios de quienes entraron conmigo se han ido ya. No tengo más ramos que hacer ni me gustaría iniciar una carrera académica por ahora. También quiero trabajar, iniciar proyectos nuevos y tener un espacio propio. No me puedo quedar.

Ser viejón tiene sus ventajas también y, aunque sea feo, produce una tremenda satisfacción ver a todo el resto corriendo cuando hay pruebas, o tareas, o exámenes, etc, puedo ir a cualquier actividad de la facultad y hablar sin miedo, reírme fuerte y ser escuchado, tengo historias que contar y me respetan. Pero la nostalgia se está poniendo fuerte.

La casa se ve tan chiquita ahora, tan sola y es para siempre, sus paredes limpias con muchos clavitos y manchas claras de madera blanca de suciedad y oscuridad. Las ventanas marcadas por cientos de autoadhesivos, mi pieza sin cama, como ya no están las camas es definitivo, nos vamos, se acabo, mis amigos no los voy a volver a ver, mi profe mi escuela.

Dice mi papá que Concepción es bonito, que llueve mucho y tengo que abrigarme. Pero no me quiero ir. Por dentro el niño chico hace una rabieta ciega, el niño grande regula, apacigua, calma, confía en que este pueblo chico no es para mí si soy alguien grande, especial. El niño grande que soy yo mismo miro alrededor, sonrío con frialdad, con distancia; visito cada pieza, una última vez, cierro ventanas y la puerta de cada una, voy a la cocina tomo un último trago del agua de Rengo y me voy hacia el auto de mi papá, callado, con una sonrisa, desolado por dentro y evitando con todas mis fuerzas mirar hacia atrás, pero no puedo evitarlo, lo hago y me quedo quieto, corro hacia la casa, toco la pared con una mano, cierro los ojos, respiro y soy grande de nuevo, esta vez puedo hacerlo, no vuelvo la vista atrás, me subo al auto - ya, vámonos, papá.

En los pinball (más conocidos como "flippers") dispones de dos botones para mover unas paletas y golpear una bolita de acero hacia adelante, con el objeto de hacer puntos. Puedes mover la mesa de juego si lo deseas en ciertos momentos, claro que si lo haces muy seguido o con demasiada fuerza corres el riesgo de incurrir en una falta denominada "TILT" cuya penalización es que por un rato los botones dejan de funcionar.

Me da rabia a veces ver consciencias tan dormidas, tan sumidas en un mundo funcional y absurdo, sin sentido, esas personas que te dan ganas de tomar por los hombros y gritarles la vida a la cara.

¿Y qué pasa? Lo normal es que se me pase la mano y hacer "tilt" con ellos, al cabo de un rato dejan de poner atención.

Lo mismo les pasa a los papás que retan a sus hijos, pero el asunto es peor en la vida real que en el pinball porque la gente tiene memoria y con el tiempo va incrementando su sensibilidad con algunas personas, hasta el extremo de que apenas les hablas hacen "tilt", o empiezan la conversación en ese estado.

Hace frío aca arriba; desde esta azotea es otro el Santiago del centro, uno más pobre, menos glamoroso, sin sus semáforos plateados espaciales y sus vitrinas chillonas. Es un Santiago hecho de techumbres oxidadas, máquinas de lavar ventanas, y cientos de pequeños dedos chicos tirando un humo leve. Y viento, mucho viento. Y algunas cúpulas buscando a Dios.

Después de un rato de mirar alrededor, instintivamente empiezo a buscar el suelo. Lo encuentro perdido allá abajo entre dos edificios, debajo de las hormigas.

El suelo sube al mirarlo, está ahí tan cerca como un peldaño alto. El espacio que nos separa es ínfimo; la caída, de pie o con las manos, perfecta. El reto, insostenible.

Una mitad de mí se acerca a la orilla aún más, y se da vuelta para reirse en mi cara, mira el techo del edificio de enfrente, 10 pisos más bajo y con un ancho paseo peatonal de por medio, retrocede unos pasos, corre a toda velocidad y salta.

Esa mitad de mí, que también soy yo mismo, disfruta por un momento de la excitación, de la incertidumbre, saltó con todas sus fuerzas y cree lograrlo. Al cabo de unos segundos de caída comienza la desesperación, el qué estoy haciendo; ya no caigo derecho sino de lado, con los pies hacia arriba; no puedo ni siquiera voltearme a ver el suelo, sino sólo diviso la azotea cada vez más lejos. Me oigo gritar un breve instante, luego, nada.

Sobresaltado doy un paso atrás y me sujeto de una saliente en la pared, como loco camino paso a paso hacia la escalera; el viento es más fuerte porque viene cargado de pena, de planitud, de abulia, de promesas de algo distinto. Son tantas las ganas de tirarme que me vuelvo a acercar a la baranda.

"Libertad" ... "Qué fin tan absurdo" ... "Qué vida tan absurda". Me cuesta un montón rearmarme, volver a la escalera y bajar. Me cuesta más porque tengo pena y envidia. Tal vez esa mitad de mí que se atrevió es en su propio universo, más feliz.

Estándo en olimpíadas matemáticas en Chile, compitiendo, además de por honor, por un supercomputador (para la época, en 1994), me sentí muy frustrado por haber obtenido una
medalla de bronce, más que por mis capacidades como jóven martemático aficionado, porque había soñado con tener un computador en mi casa y había jugueteado
imaginariamente con este equipo.

La medalla de bronce me abió las puertas para conseguir entrar a concursar a la iberoamericana de matemáticas en Brasil, donde obtuve nuevamente medalla de bronce y conocí a
un grupo de personas maravillosas en que los nerd estándar eran los menos.

Al despedirnos, nos dimos los teléfonos, e-mail, y dirección para contactarnos después, y el concursante de Cuba me pidió mis datos, procediendo a anotarlos en una pequeña
libreta empastada con hojas de roneo, que -y eso me llamó la atención- tenía grabado en la cubierta el sello del gobierno de Cuba.

  • Y esa libreta? -le pregunté yo.
  • Es mi premio, por haber ganado la medalla de oro en la competencia de matemáticas en mi país, me contesto, sin humildad fingida ni afectación alguna en la voz.

Está de más decir que me sentí miserable ....

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